Cuerpo, arte y resistencia: presencia afroecuatoriana en las artes y expresiones estéticas del Ecuador
“Nos sembramos en la palabra para que la historia no nos borre. Somos memoria que camina, canta, baila y sueña. Pensar sembrando es vivir sabiendo de dónde venimos.”
—Juan García Salazar, Pensar sembrandoLa historia del arte en Ecuador ha sido, en buena medida, la historia de sus exclusiones. Entre ellas, una de las más persistentes es la invisibilización de las contribuciones afrodescendientes al campo cultural. Esta ausencia no es casual: responde a una estructura colonial y racista que ha definido los marcos de legitimidad del arte nacional, delimitando qué cuerpos pueden representar a la nación y qué formas estéticas son reconocidas como arte. Frente a esta exclusión sistemática, los pueblos afroecuatorianos han producido, desde diversos lenguajes artísticos, un conjunto de expresiones que no solo reivindican su lugar en la historia, sino que cuestionan los fundamentos mismos del canon cultural.
Este ensayo propone una lectura crítica de la presencia afroecuatoriana en cinco campos fundamentales: el cine, la literatura, la música, las artes plásticas y las expresiones estéticas corporales, como la danza, el modelaje y los certámenes de belleza. En cada uno de estos espacios, los cuerpos afro no solo han sido representados, sino que han tomado la palabra, el movimiento y la imagen como instrumentos de agencia política, construcción de memoria y afirmación identitaria.
Desde un enfoque decolonial y afrocentrado, es necesario reconocer que el arte afro no es simplemente un estilo o una categoría estética. Se trata de un campo de producción simbólica que encarna las luchas históricas contra la esclavitud, el racismo y la exclusión, al mismo tiempo que genera saberes y formas propias de habitar el mundo. Como afirma Catherine Walsh (2009), los pueblos afrodescendientes han sido productores de conocimiento, estética y ética desde espacios otros, situados fuera del canon hegemónico, pero profundamente inscritos en la experiencia histórica de resistencia.
En el cine ecuatoriano, la representación de los cuerpos afro ha oscilado históricamente entre el exotismo, la marginalidad y el silencio. Sin embargo, en las últimas décadas han emergido voces afrodescendientes que participan como realizadores, guionistas y actores, construyendo narrativas propias desde sus territorios y memorias. El director esmeraldeño Jhonny Sánchez Obando ha aportado al cine local con obras como El buen Julio, en la que actúa Óscar Cabezas, actor afroecuatoriano cuya presencia en pantalla aporta densidad a los relatos urbanos desde una corporalidad negra. Por otro lado, la película Los ángeles no tienen alas, filmada en San Lorenzo, es dirigida por Enrique Boh y Manuela Boh, y aunque no dirigida por afrodescendientes, representa una mirada cinematográfica situada en un territorio de mayoría afro. La destacada actriz y escritora Telia Estupiñán es figura clave del cine comunitario y del guerrilla en Esmeraldas, y su trayectoria incluye papeles significativos como el de madre de Julio Jaramillo en el filme Julio Jaramillo: Ruiseñor de América (década de 1990), lo que la posiciona como una de las primeras actrices afro en tener protagónicos dentro de la cinematografía ecuatoriana. A su vez, cortometrajes como Sin mar ni arena, de Piero Bucelli amplían el horizonte estético del cine nacional desde una mirada que no solo visibiliza las vidas negras, sino que contribuye a reconfigurar el imaginario afroecuatoriano a través de un lenguaje fílmico situado.
En la literatura, la emergencia de voces afrodescendientes ha sido igualmente crucial. Poetas como Nelson Estupiñán Bass, Adalberto Ortiz o Luz Argentina Chiriboga escriben desde una poética de la negritud, la resistencia y el desarraigo, desafiando el racismo epistémico que excluye la oralidad y la memoria colectiva como formas legítimas de conocimiento. Hoy, ensayistas como Juan Montaño Escobar continúan esta tradición, elaborando un pensamiento crítico negro desde el Ecuador, tejido con la palabra, la memoria y la historia.
La música, en tanto arte del cuerpo y de la voz, ha sido uno de los vehículos más potentes de afirmación cultural afro. La marimba —declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad— ha sido uno de los pilares, y figuras como el legendario Papá Roncón, cuya obra ha trascendido fronteras y merecido homenajes de artistas como Susana Baca, han sido centrales en este proceso. También destacan la agrupación Los Chigualeros, el grupo tradicional de danza y música de Petita Palma, el cantautor César Chichande, el dúo Jimmy y Jilson, el colectivo musical urbano Karibú desde Guayaquil y el proyecto Parada 9, que fusiona sonidos afro con beats contemporáneos. Todos ellos muestran cómo la música afroecuatoriana se transforma, se expande y dialoga con nuevas generaciones, sin perder su raíz espiritual ni su potencia política.
Las artes visuales también han sido escenario de lucha simbólica. Aunque históricamente subrepresentadas en museos y circuitos de arte, las creaciones plásticas afroecuatorianas han representado el cuerpo negro, la ancestralidad, el territorio y el duelo histórico con profundidad. Muchos artistas emergentes trabajan hoy desde Esmeraldas y Guayaquil, proponiendo otras formas de belleza, espiritualidad y narración visual que resisten el blanqueamiento de las estéticas dominantes.
Finalmente, el cuerpo afro ha sido históricamente un campo de disputa estética y política. La danza afro, anclada en ritmos tradicionales como la marimba y el arrullo, es tanto archivo como arma de resistencia. Pero además, en espacios muchas veces trivializados como el modelaje y los certámenes de belleza, la presencia afro ha roto barreras simbólicas profundas. Casos como el de Clío Olaya, modelo internacional; Nayeli González Ulloa, primera mujer afroesmeraldeña en ser coronada Miss Ecuador Universo en 2022; o la pionera Lady Mina, han reconfigurado los imaginarios de belleza en el país. En el ámbito masculino, Erick Caicedo, representante ecuatoriano en Mr. Global, o Andrey Soliz, actual candidato a Mr. Supranational, han reivindicado con orgullo sus raíces afro, visibilizando nuevas corporalidades negras en los escenarios públicos. La moda también se convierte en discurso, como lo demuestran artistas como Enrique Gallardo, diseñador y modelo afro que trabaja desde una estética decolonial.
Todos estos lenguajes tienen un hilo en común: el cuerpo afro como territorio simbólico. No es un cuerpo abstracto, sino histórico, herido, danzante, resistente. Un cuerpo que canta, escribe, pinta, filma y desfila para inscribir su historia en la memoria colectiva. El arte afroecuatoriano no es una simple categoría dentro de la diversidad cultural; es una expresión epistémica que cuestiona el modo en que se construye la cultura, el saber y la belleza en el país.
Desde esta perspectiva, el presente trabajo no busca simplemente "visibilizar" a los artistas afroecuatorianos, sino situarlos en el centro de una reflexión crítica sobre la racialización del arte, la política de los cuerpos y la disputa por los sentidos de lo nacional. Reconocer sus aportes no es un acto de inclusión simbólica, sino un paso necesario hacia la transformación profunda del imaginario cultural ecuatoriano.
Chocolate, coco y miel
por Ladys Ballesteros
"Negra soy,
de piel brillante como la noche,
con voz que retumba como tambor,
con cuerpo que danza como río.
Chocolate, coco y miel
me recorren la sangre,
soy raíz, semilla y fruto
de un árbol que no se seca.
Que no me borren,
que no me silencien,
que no me aclaren.
Porque mi negrura es luz
cuando la historia la oscurece."
