Vientre, vuelo, fuego: mi viaje con la ayahuasca

By jhonnysanchezobando - junio 14, 2015

Llegó el momento de hablar de una de las experiencias más poderosas e importantes de mi vida, en el plano de la búsqueda de respuestas. No sé si estoy usando el título más adecuado ni las palabras más exactas… solo sé que quiero ser yo, auténticamente yo, y compartir mi vivencia en una ceremonia de ayahuasca.


Todo empezó hace aproximadamente ocho años, cuando, en medio de un rodaje, escuché a un compañero hablar de esto. Me llamó profundamente la atención. Como siempre, lo llené de preguntas hasta el cansancio, queriendo absorber cada detalle. Pasaron los años, seguí investigando, siempre con esa inquietud palpitando dentro de mí. Las ganas de intentarlo nunca se fueron.

Con el tiempo, lo olvidé… hasta que, como si el destino me estuviera esperando, en enero de 2015 alguien volvió a hablarme del tema. Lo supe enseguida: era el momento. Junto a mi amiga y compañera de viaje, fijamos fecha y hora. Llamamos al guía ceremonial, y empecé a preparar mi llegada a Estados Unidos. Estaba en Guayaquil. La cita sería en un pequeño pueblo, a casi cuatro horas de Los Ángeles, California. Viernes 27 de febrero. Y aquí empieza mi aventura.

La ceremonia inició maravillosamente bien. Como cualquier otro ser humano, me invadían emociones: a ratos me sentía conmovido, en otros algo nervioso, pero en su mayoría estaba sereno, contemplativo, intentando entender qué hacía allí. Lleno de preguntas. Con una curiosidad inmensa y esa sensación de que algo no termina de encajar en este mundo. No esperaba revelarlo todo, ni ajustar lo desajustado, ni encontrar la respuesta definitiva a la pregunta que nadie conoce—ni conocerá jamás—sobre la existencia de un dios, o ese tipo de cosas que ahora no vienen al caso.

Todo estaba dispuesto. La hora cero. Tomé mi porción, rodeado de muchas otras personas, quizá con dudas e inquietudes parecidas, tal vez algunos por curiosidad, otros por el simple impulso de vivir algo nuevo o arriesgado. En mí, la planta comenzó a hacer efecto, literalmente, a los quince minutos. He escuchado que a otros les tarda hasta una hora.

Entonces comencé a escuchar una voz que me decía: “Estás sano, sano, estás sano”. Desde ese momento, mi mente habitó otras latitudes. Mientras esa voz hablaba de sanidad, mi cuerpo se retorcía en movimientos extraños, como si algo dentro de mí—algo que no me pertenecía—intentara desesperadamente salir. Sentía que expulsaba elementos ajenos, innecesarios.

Después de esa primera experiencia, casi como un deporte extremo del alma, todo se llenó de paz. Escuchaba una música muy cerca, tan cerca que parecía venir de dentro. Me arrullaba. Me sentía en el vientre de mi madre, completamente protegido del mundo. Una calma profunda me envolvía, me reía, y era intensamente feliz.

Al finalizar esa fase, sentí que salía al mundo. Y lo hacía volando, como un águila. Sobrevolaba la tierra desde lo más alto, atravesando siglos y milenios, desde el inicio mismo del universo hasta nuestros días. Luego de ese viaje épico, descendí en un lugar inmenso, lleno de libertad. Y lo hice como un león. Me sentía león. Fuerte. Capaz de todo.

A veces, cuando se me ocurría abrir los ojos, todo desaparecía. Pero al cerrarlos otra vez, regresaba esa música de cuna que me devolvía al vientre, a la felicidad pura.
Hubo un momento, sin embargo, en el que sentí miedo. Me perdí. Quise salir de ese estado. Me sentía extraño, como alguien que ya no era, pero que aún no sabía quién sería. Deseaba regresar a la realidad tal como la conocía. Debía estar batallando con algo, porque la chamana se acercó a tranquilizarme. Recuerdo que le dije:
No quiero vivir esta experiencia. Quiero que esto se salga de mi cuerpo.

Ella me ofreció agua. Poco a poco, volví a la calma.
Para entonces, algo en mí empezaba a regenerarse. Me veía viajando por el mundo junto al amor de mi vida, la persona con quien deseo compartir mis días sobre esta tierra. Nos veía felices, con una familia hermosa, amigos entrañables, una carrera estable, sueños cumplidos.
Poco a poco, todo volvió a la normalidad… o a lo que llamamos “realidad”. Me sentía en paz. Con un profundo deseo de amar más, de dar lo mejor de mí, de aportar con mi granito de luz a este mundo. Pero lo más hermoso: desperté con unas ganas inmensas de ser feliz, de hacer felices a quienes me rodean.
Hoy amo la vida más que nunca. A los animales, la tierra, los árboles, cada ser humano.
Soy luz, soy sol, soy Antares. Soy renacer.

Esto es solo una parte de lo que viví. Solo lo que creo relevante... pero hay más. Mucho más.

© 2025. Jhonny Sánchez Obando.
@j_sanchez_ob

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